Daguerrotipos.

Historias 13 de mayo de 2020
NOTA VIII. Fragmentos del libro homónimo, editado en septiembre de 2005 por la Municipalidad de Jesús María y el Ministerio de Gobierno, Coordinación y Políticas Regionales, incluido en el programa "Edición de Historias Populares Cordobesas". Un aporte para conocer más de nuestro pasado y entender el presente.
La Torre Céspedes

“El daguerrotipo fue el primer proceso de fotografía práctica, inventado por el francés Louis Daguerre en 1839. Se trataba de una imagen positiva única (sin negativo), registrada sobre una placa de cobre pulida y plateada, que se emulsionaba con vapores de iodo y se revelaba con mercurio. El daguerrotipo tenía los laterales invertidos, como si nos miráramos en un espejo”.

Casonas, baldíos y ranchos (II).

Paula también vivió siempre en Los Nogales, y junto a Elena hilvana imágenes de la niñez y la juventud temprana.

"Un señor clásico del pueblo, que lo veías pasar siempre en el coche con capota, con sus lindos caballos, que venía de allá -Elena señala hacia las Sierras-, el Sr. Capella Herrera. ¡Era todo un personaje!".

Capella Herrera fue Jefe Político, y vivía donde está un conocido vivero de Barrio Los Nogales. Paula lo describe con su admiración infantil intacta: "El siempre estaba de traje blanco, de hilo, impecable. Era alto y buen mozo. Era solterón... Y tenía una señora con la que tuvo dos hijos", agrega con picardía.

Bajando hacia la ciudad, por Los Callejones (Av. Miguel Juárez), se llegaba a la calle Las Mercedes (hoy José Manuel Estrada) y a la casa de Porota Torres, en la esquina con La Paz, actual Julio A. Roca.

"Esto era una Villa, un pueblo. Por ejemplo, por acá, la casa de mi padre era la única que había. Todo esto eran chacras. Hasta la esquina del río eran chacras del Dr. León. Al frente también. No había más que unos ranchitos, ranchos de gente viejita... Todos separados. Había casas grandes, sí, de la gente más o menos. Pero la gente pobre vivía en ranchitos", describe esta docente de familia de docentes que toda su vida vivió en la misma esquina.

¡Dura la vida del pobre! Como siempre.

Con admiración, Porota toma como arquetipo a "una viejita que le llamaban Doña Bicha".

"En ese tiempo no había jubilación. La viejita... - Fijáte vos, para vivir, ¡qué difícil era!, porque no tenían nada - en un baldío, de acá a dos cuadras, había hecho el ranchito ella. ¡Era lindo el ranchito! Y venía siempre a mi casa: Ayudaba a barrer el patio... Hacían escobas de yuyo, de poleo. Con eso barrían el patio. Y a nosotros, cuando éramos chicos, nos gustaba ir a visitar a Doña Bicha. Le llevábamos masitas, le llevábamos galletas, le llevábamos cosas; y como tenía unos banquitos, nos sentábamos ahí y conversábamos con la viejita. Y era hábil. Ella sabía coser a mano. Era viejita, y pedía trapitos. Mi madre tenía una señora que cosía, en Córdoba, que era modista. Y le traía bolsas de tela, los retazos que le sobraban de tela de lana y de seda, y con todos los pedacitos de las de seda, ella hizo - a mano ¿no? - el mantel de la mesa de los Santos. Porque en todos los ranchitos, vos veías, había la mesa de los Santos. Era una mesita chiquita, donde ella tenía a Jesús, a la Virgen, a los Santos que quería".

Es casi un homenaje el relato de Porota: "Con los pedacitos de lana hacía, también a mano, las colchas. Otra señora le daba para que forre. ¡Y tenía bien el ranchito, limpito!".

Doña Bicha no era la única, aunque parezca serlo para Porota. No obstante, agrega: "Y había mucha gente así. Gente pobre. Deshilaban. Le sacaban los hilos y le bordaban encima".

Los Torres tenían una casa de comercio grande en esa esquina. A una cuadra, cerca de la actual pasarela de la calle José Manuel Estrada, había casas de adobe. En una de ellas vivía un peluquero.

A la vuelta, en la hoy llamada Casa Ghersi vivía el Dr. Miguel Juárez.

Y, según Porota, hasta el año 30 todavía era así. "Después del 30 se loteó todo, y ya empezó a progresar" afirma.

En el centro, la casa más importante era la de Don Gabriel Céspedes y Solier, quien había llegado a la Villa en 1890 cuando tenía 38 años de edad.

Originario de Burgos; estudió en la Universidad de Valencia, donde se graduó de abogado, y fue a trabajar a Madrid. En 1886, por problemas políticos, vino a nuestro país a administrar un ingenio en la provincia de Tucumán. Sin embargo, lo cautivó Córdoba y se radicó en la pedanía Río Ceballos - primero - y en la ciudad de Córdoba, más tarde.

Allí amasó una fortuna y fue dueño de la primera fábrica de calzados a vapor.

Dirigente reconocido en La Docta, le compró la esquina de Cástulo Peña y Colón a la familia Otero Monsegur - dueños del Banco Francés- y le encargó al catalán Pedro José Rafael Buscá y Daviú Font que le construyera una fantástica villa veraniega.

En 1896 comenzó a levantar la Torre Céspedes, obra que demandó dos años de trabajo del constructor José Gelatti, inmigrante italiano miembro de una antigua familia jesusmariense, y de un picapedrero de apellido Puig.

Grandes cuartos volcados a la galería jardín, baños árabes en el subsuelo, aljibe, fuente, quintas, jardines, poco, molino, estanque, todo a metros de la columna vertebral de la Villa, su calle más comercial.

La torre, única en su tipo dentro de la Provincia de Córdoba y quizás del país, tiene sus orígenes arquitectónicos en Le Don jon franceses, construcciones formadas por una torre alta central flanqueada por cuatro torretas en los ángulos.

Generalmente se ubicaban frente al puente de las fortalezas y en los castillos de grandes extensiones formaban una fortaleza dentro de otra.

La Torre Céspedes, en medio de su amplio parque, verdadero jardín botánico, era como salido de un cuento de hadas, un trasplante exótico por el que nadie podía evitar admiración. Su avenida de palmeras, la fuente revestida por enredaderas, la larga glorieta cercada de asientos de piedra y con la pileta circular, con escalones, en su extremo.

Atravesada en toda su extensión por la caudalosa acequia que cruzaba los dameros del centro de la Villa, su fresca agua era usada en los baños árabes subterráneos, con vestuario y piletones.

La torre central, octogonal, con cuatro torretas circulares a sus costados, la fachada con detalles tomados del estilo árabe, los detalles cuidados, como las cuatro puertas de la sala principal que dan a los cuatro puntos cardinales, o el piso con una representación de la gran estrella de ocho puntas con sus cruces templarias y las paredes  cubiertas por una espléndida boisserie de mayólica, la salas ornamentadas de acuerdo a la actividad que se dearrollaba en cada una. Nada había quedado librado al azar.

En la planta baja, la torreta del Noreste era para la institutriz inglesa Ana Marks; la sala japonesa, al Sureste, era para el té y juegos de bridge; Don Gabriel Céspedes tenía su escritorio en la del Suroeste; y en la restante estaba el office y la escalera caracol.

En la planta alta, la Sala China - la central -, con puertas ventanas que daban a cuatro balcones, se usaba para jugar al billar. A ella dan las torretas, con la biblioteca y la máquina de fotos y revelados de Don Gabriel.

En los 40, la familia Céspedes vendió la casa a Josué Bergagna, quien llevó muchos de sus muebles a una casa que compró, años después, en Salta.

A mediados del Siglo XX se hizo cargo de la propiedad un grupo de vecinos que la compró para fundar el Club Social Jesús María.

Esta imponente casa, los hoteles, los comercios de la calle Tucumán, la plaza y la estación eran el centro de la ciudad.

En las cercanías de la Plaza de los Loros (Pío León) también había bellas casonas: La de los Llerena (Cástulo Peña y Pío León); la de Eloy de Igarzábal, en la otra esquina; la de Eduardo César Leston, en la esquina de las actuales Córdoba y Cleto Peña. Esos chalets eran de, aproximadamente, 1910,

Al Oeste de las vías estaba la Estación y al Este los corrales y los galpones para depósito, frente a la Plaza de los Eucaliptus, en cuyo centro funcionaba la gran balanza pública.

Sobre el Paseo del Huerto y el Bv. Eusebio Agüero estaban las casonas de muchos veraneantes que vivían en la ciudad de Córdoba, en Tucumán o Buenos Aires.

En el Paseo del Huerto había dos: la de Rosenbal y la Villa Tarrio. Por estos días, la primera es propiedad de Marcelo Malvassio y la segunda de Rustán.

La Villa Tarrio era de una niña de la alta sociedad cordobesa, Rosa Tarrio, quien vivía en una mansión frente a la Plaza España y pasaba los tres meses de verano en Jesús María.

El resto del año, la casa quedaba a cargo de los caseros, que vivían cerca de la esquina del Paseo del Huerto y Gregorio Carreras, y eran de apellido Savognan.

Eran los tiempos en que el Bv. Eusebio Agüero era una calle con plátanos al medio y en las veredas, que arrancaba frente al Colegio de la Comunidad Hermanas del Huerto. "¡Qué historias!... cuando jugábamos acá", dice con nostalgia María Ester, quien vivió siempre sobre el boulevard. Ella asegura que su casa está próxima a cumplir 102 años, "y no hay un reboque caído", agrega orgullosa.

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