El día que Pelé entrenó en Deán Funes

Dos meses después de ser campeón del mundo en Chile, el "Rey" hizo una gira por el interior del país junto al Santos. Una mañana de septiembre de 1962, mientras esperaban el tren para viajar a Tucumán, el plantel se movió durante 15 minutos en la "cancha de los Manrique".

Historias 29 de diciembre de 2022 Ariel Roggio Ariel Roggio
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Pelé jugó dos amistosos en Córdoba ante Talleres en 1964 y 1970.

En la ciudad de Deán Funes, existió desde 1948 una canchita de tierra que ganó fama y mil anécdotas gracias al tren: en ese rectángulo sin pretensiones y, ante un puñado de privilegiados testigos, supo practicar Pelé y sus compañeros del Santos de Brasil una mañana de setiembre de 1962.

Pero la “Cancha de los Manrique”, así bautizada porque fue creada por iniciativa de don Nacario Manrique y sus cinco hijos, puede exhibir un libro de visitas cargado de firmas tan célebres como la del brasileño.

Es que ese campo de juego donde el polvillo se levantaba sin complejos con el viento norte, también fue pisado por botines ilustres del fútbol argentino de las décadas del ‘50 y el ‘60.

Hugo Manrique, uno de aquellos hermanos fundadores de la cancha, recuerda haber visto practicar, en distintas épocas, a equipos de River que integraban Federico Vairo, Félix Loustau, Angel Labruna, Amadeo Carrizo, Luis Artime (padre) y Oscar “Pinino” Mas.

También rememora haber visto a una delegación de San Lorenzo de principios de los ‘50 que integraban los delanteros Mario Pappa y Ernesto Picot, o al Newell’s en el que jugaba José Yudica.

Otro equipo de lustre que peloteó en aquel potrero deanfunense fue el Independiente de la implacable delantera que conformaban Rodolfo Micheli, Carlos Cecconato, Carlos Lacasia, Camilo Bonelli y Osvaldo Cruz.

Punto de confluencia

Las razones por la que a este humilde potrero con medidas reglamentarias ubicado en el norte de Córdoba, se constituyó en un punto donde confluyeron figuras nacionales e internacionales del fútbol, es una consecuencia más de la historia de Deán Funes, ciudad que tiene sus orígenes y gran parte de su vida, asentados sobre durmientes de quebracho colorado y lustrosas vías de acero.

Aunque en esta época de habituales viajes aéreos, ómnibus de lujo y vías férreas en desuso pueda parecer sorprendente, hasta hace cuatro décadas, el ferrocarril era el medio de transporte por excelencia de los equipos de fútbol cuando debían realizar viajes extensos.

Esto corría tanto para los clubes modestos, como para las más grandes escuadras porteñas que salían de gira y para las extranjeras que visitaban el interior de la Argentina.

Deán Funes, nudo ferroviario por excelencia, era una ciudad por la que pasaban las delegaciones que iban hacia el norte o hacia Cuyo y en no pocas ocasiones los vagones, con jugadores y pasajeros más corrientes, debían realizar un trasbordo, es decir, esperar (algunas veces toda una noche) un tren que los llevara definitivamente a destino.

Esto es lo que le ocurrió al Santos, y a clubes como Independiente, San Lorenzo o River.

Si las esperas eran largas, los jugadores empezaban a inquietarse y querían un poco de movimiento. Lo que quedaba más a mano era la “canchita de los Manrique”, que estaba emplazada al oeste de la de la amplia playa de maniobras de la estación de trenes, dentro de los terrenos del ferrocarril.

Había sido abierta ahí porque era el patio de juegos de Angel, Abelardo, Manuel, Herman y Hugo Manrique, hijos de Nacario Carrizo, encargado de la estación de trenes, que tenía casa y oficina dentro de los amplios terrenos ferroviarios.

Ferroviario y dirigente

Hugo Manrique, recuerda que su padre era dirigente de la Liga Ischilín, por ser fundador y presidente del desaparecido Club Social y Deportivo Central Norte Argentino.

Esta relación con el fútbol le permitía conocer de la llegada de los equipos importantes porque los presidentes de los clubes porteños le informaban de la llegada de sus equipos. Sabían de las esperas que podrían sobrevenir en Deán Funes y querían atención para sus figuras.

Si los vagones eran desprendidos para esperar otro convoy, a los jugadores se les ofrecía el predio, que contaba con medidas reglamentarias y arcos de caño, para que pudieran entrenar.

Esa invitación era generalmente aceptada y los jugadores cruzaban la playa de maniobras rumbo a la cancha.

Quienes más disfrutaron de ver a los cracks de aquellos tiempos eran los hijos de Manrique, después de todo era el patio de su casa.

Hoy la cancha es un recuerdo en los deanfunenses que peinan canas. Los yuyos la han invadido desde hace tiempo, pero mucho antes la abandonaron las celebridades, que cambiaron el tren por los ómnibus y los aviones.

Los 15 minutos del Rey brasileño

El historiador Lincoln Urquiza es uno de los deanfunenses que tiene grabada en su memoria la “canchita de los Manrique”.

Entre otras cosas, porque fue uno de los pocos testigos que vio practicar a Pelé y al Santos del ‘62 en aquel potrero.

Recuerda que Miguel Geno, un ferroviario que trabajaba en la sección comunicaciones de la estación y formaba parte de la barra que solía reunirse en el Estudiantes, llegó una noche hasta el club para anunciarle a sus amigos que estaba a punto de llegar a Deán Funes el tren 106 procedente de Mendoza.

No era una formación más, en sus vagones viajaba una carga dorada: la delegación del Santos Fútbol Club, con su jugador estrella, Pelé, que dos meses atrás se había consagrado campeón mundial en Chile.

El Santos estaba de gira en el país y su próximo destino era Tucumán, por lo que los vagones iban a ser dejados en vía muerta hasta que al otro día los acoplaran al tren 203, que a las 13.09 partía hacia el norte.

Temerosos de perderse un momento histórico, los miembros del grupo que no trabajaban decidieron ir a esperar a la estación.

A la hora anunciada llegó el convoy, y minutos después se desprendieron dos vagones que una vieja petrolera empujó a una vía muerta. En los coches se leía: “Reservado- Santos FC”.

Las horas pasaron y los entusiastas testigos tuvieron que esperar hasta que el sol estuvo bien alto para ver bajar a dos hombres con atuendos deportivos.

Confirmaron que Pelé estaba arriba, pero aseguraron que por el frío, el equipo no bajaría. Sin embargo, un rato después, el Santos entrenaba en la “canchita de los Manrique”.

Urquiza recuerda que junto a Pelé, peloteaban Gilmar, Zito, Geraldinho, Lima, Dorval, Coutinho y Pepe. Bajo las órdenes de un preparador físico hacían corridas cortas, ejercicios gimnásticos y jueguitos con pelota.

Le gritaron a Pelé y el Rey, que entonces tenía 21 años y dos torneos mundiales encima, sonrió y saludó con sus manos.

El entrenamiento duró 15 minutos y a su finalización los auxiliares del Santos impidieron que los jugadores tomaran contacto con los curiosos.

Una hora después, llegó el tren 203 y el Santos partió rumbo a Tucumán.

Caños y cañones

Los hermanos Manrique, apasionados por fútbol —salvo Hugo, al que le interesaban más las palomas y terminó colombófilo—, trabajaron duro en su cancha.

Uno de los detalles fue la construcción de arcos con caños redondos. Hoy no llama la atención pero en los años ‘40 era toda una novedad. En esa época y por mucho tiempo más, todos los arcos eran de postes de madera y cuadrados, por lo cual los Manrique eran objeto de no pocos comentarios socarrones.

Sin embargo, y partir de la generalización del uso de los arcos metálicos redondos, hoy se consideran precursores.

Pero no fueron los únicos “caños” que la “Cancha de los Manrique” vio en su historia.

En setiembre de 1955, cuando la revolución que tumbó a Juan Domingo Perón estaba aún indefinida, a Deán Funes confluyeron guarniciones leales al presidente del norte del país. Los trenes militares abarrotaron la estación y a los militares la cancha les pareció un lugar propicio para instalara cañones antiaéreos.

Hugo Manrique recuerda la sorpresa que se pegaron él y sus hermanos, el día en que despertaron y vieron su cancha convertida en un emplazamiento artillero. El fútbol debió esperar unos días.

Fuente: La Voz del Interior (junio de 2001)

Pelé falleció en la tarde de este 29 de diciembre a los 82 años. 

Integró las selecciones campeonas del mundo de Brasil en 1958, 1962 y 1970. 

También ganó dos Copas Libertadores y dos Copas Intercontinental con el Santos de Brasil.

Entre encuentros oficiales y amistosos, hizo más de 1.200 goles. 

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