El COVID, en primera persona: Vivir para contarla.

Sociedad 18 de junio de 2021 Por Rubén Curto
Rubén Salas estuvo 45 días internado y al borde de la muerte. Se recuperó con el apoyo del personal de salud y de toda su familia. Hoy cuenta su historia. Rescata la labor de los médicos del Hospital y pide a todos cuidarse mucho. “Si te agarra mal parado, el COVID te lleva”, dice sin dudar.

Jesús María. 4.145.182 casos y 86.029 muertos a-cumulados a nivel país, además de 310.659 casos activos y 7.969 internados en terapia intensiva, con un nivel de ocupación de camas del 77 por ciento.

A nivel regional, contabilizando Jesús María, Colonia Caroya y Sinsacate, 929 casos activos, 134 nuevos casos y 83 muertos!

Esta era la foto instantánea, en frías estadísticas, que nos arrojaba la pandemia el pasado lunes 14. Números y más números, todos lamentables. Una síntesis, en dos párrafos, de la tragedia colectiva que nos está asolando. Y es sólo la dosis diaria de horror que nos golpea en la cara y que se renueva cada 24 horas.

¿Cuándo fue que nos acostumbramos a contabilizar enfermos graves y muertos, casi como si se tratara del pronóstico meteorológico de cada día o la cotización del dólar? ¿Te diste cuenta cómo naturalizamos la muerte cuando nos llega en formato numérico, despojado de humanidad, como si no involucrara a nadie de carne y hueso? 

“Murieron cinco más”. “Hoy le tocó a una chica de 22”. “Parece que no hay más camas”. “El 30 por ciento de los hisopados da positivo”. “Está encerrado con la familia 10 días”. “Le falta el aire y perdió el gusto, pero cree que va a zafar”. Esos son los tópicos de nuestras conversaciones diarias. Los que siguen a los clásicos -y añorados- “¡Buen día!” o “¿Cómo andás”? Un verdadero espanto. 

En lo físico, el virus nos inmoviliza, nos quita oxígeno, nos resta energías, nos agobia... pero también nos vuela la cabeza, nos acota la capacidad de sentir. En la marea de datos perdemos de vista que detrás de cada número hay una persona, con su historia, su sufrimiento y el de su familia. 

Por eso, no sé si mejores o peores, pero creo que no hay forma de que salgamos de la pandemia iguales. No será lo mismo. Si tenemos sentimientos y algo de empatía, algún chip nos va a modificar.

CARA A CARA CON LA MUERTE 

Rubén Salas cumplió 65 años el pasado 25 de mayo, y aunque lo hizo recluido en el calor de su hogar y con los suyos, tiene un motivo excluyente para celebrar: nada me- nos que estar vivo. 

El suyo fue uno de los primeros casos de COVID registrados en Jesús María, allá por septiembre de 2020, cuando las balas de la pandemia dejaron de picar cerca y empezaron a cobrar vidas de vecinos nuestros.

Rubén estuvo internado por COVID en el Hospital Regional Vicente Agüero nada menos que 45 días! (38 en terapia intensiva y siete más en sala). Llegó a pesar apenas 40 Kg y varias veces lo dieron por muerto, pero hoy sigue dando pelea y testimonio en primera persona de lo durísima que es esta enfermedad.

Salas fue empleado municipal durante casi 27 años. Pasó por el viejo Bingo Municipal, la Dirección de Cultura y por el ámbito de la Secretaría de Gobierno. Era un personaje de la calle. La caminaba a diario y lo conocían todos. Hoy añora ese andar libre e hiperactivo.

Estamos en su casa, a punto de iniciar una charla que durará casi dos horas. Antes de arrancar, se coloca su dosis de insulina, respira hondo y reniega con la agitación crónica que le quedó clavada en el pecho como una marca a fuego del COVID.

En la mesa lo espera su esposa Gladys, con un mate en la mano y dispuesta a enmendar algunas de sus declaraciones. “Algunas cosas que dice, sólo existen en su imaginación y supongo que son consecuencia de la fiebre y de que cuando estaba internado, por momentos se perdía cuando le faltaba el aire”, detalla, dispuesta a aportar y corregir detalles del relato.

  “Tantas veces me mataron, 

   tantas veces me morí,

   sin embargo estoy aquí,

   resucitando”

 

     “Como la Cigarra”

     María Elena Walsh

 

ATADO AL RESPIRADOR

El calvario de Rubén empezó el 6 de septiembre de 2020, cuando repentinos síntomas de COVID lo depositaron, ese mismo día y sin escalas, en la UTI (Unidad de Terapia Intensiva del Hospital). En los días previos, se habían contagiado ya su hija, su esposa y su suegro. El “bicho” había entrado a su casa sin pedir permiso.

Pero él llevó la peor parte por su condición de diabético, hipertenso, fumador y con antecedentes de asma en su infancia. “Tenía todos los boletos comprados para partir si me agarraba el COVID”, reconoce.

Transitó la enfermedad con fiebre, falta de aire, neumonía. Lo asistieron con oxígeno (saturaba al mínimo). De la UTI recuerda lo interminable que se hacía cada hora, las cosas que alucinaba cada tanto y sus irrefrenables deseos de irse. “Me ponía nervioso y me quería sacar todo; parecía un robot de todos los cables que tenía; me faltaba el aire; era desesperante”, recuerda. 

“Curiosamente, en esos momentos difíciles no tenía conciencia plena de la gravedad de mi situación; la verdad, nunca pensé que estaba en riesgo de muerte; no era consciente de eso; casi que me preocupaba más cómo estaban de salud los otros pacientes que yo mismo”, cuenta.

Pese a tener máxima asistencia médica, debe haber pocos lugares donde alguien sienta más la soledad que en la UTI, lejos de los afectos, sin saber siquiera qué día es, ni si brilla el sol o alumbra la luna. Menos si tus pulmones te avisan que no reciben suficiente aire.

“Para colmo, con los barbijos y toda la ropa que se ponen los médicos y enfermeras para entrar, no reconocés a nadie”, dice Rubén, entre risas. Aún así, alcanzó a individualizar a su amigo Ramón Salazar, radiólogo, (“con un pulgar arriba o abajo me decía cómo iba lo mío”) y al enfermero Leo Quiróz, que luego murió, víctima del COVID.

“El trabajo que hace el personal de salud es maravilloso; lo sufren mucho; es algo permanente y desgastante; también juega el miedo a contagiarse; viven en ese estrés todo el tiempo”, señala Rubén, pintando desde adentro lo que todos los demás vemos desde afuera y muchas veces con la liviandad de un comentario de café.

De más está decir que no abunda en la sociedad la empatía real para con el personal de salud, ni con el esfuerzo sobre humano que hacen para seguir en pie. El incumplimiento sistemático de las restricciones y protocolos da cuenta de ese desinterés.

Rubén Salas 

HOGAR DULCE HOGAR

Después de 38 larguísimas jornadas en terapia intensiva, Rubén Salas pasó a sala común. Pero no porque hubiera mejorado ostensiblemente. “Creo que me sacaron de la UTI ya con la idea de que partiera”, dice él. “Como que no había más nada que hacer; lo mantenían con el oxígeno, pero todo dependía de que su físico respondiera”, acota la esposa.

Por esos días, Rubén ya casi no comía y estaba muy deteriorado. Los médicos les pedían a sus familiares que lo llamaran por teléfono y le dieran ánimo. “Está bajando los brazos”, advertían. Pero el paciente no atendía nadie. Estaba en otro mundo.

La situación era desesperante y llevó a la familia a convocar a una reunión decisiva. “El papi no satura bien y se está rindiendo. ¿qué hacemos”, planteó una de las hijas.

Ahí fue que decidieron la vuelta de Rubén a su casa, previo acondicionar especialmente una sala con cama ortopédica y aparato de oxígeno. “Aunque nadie lo decía, prácticamente lo traíamos para que muriera acá”, asegura Gladys.

Pero Rubén tiene su propia versión de aquél momento. Quiere empezar a contarla, pero se quiebra y lagrimea. Cuando logra reponerse y le entra algo de aire fresco a los pulmones, asegura que tuvo una especie de sueño, con sus nietos como protagonistas, que le pedían una y otra vez: “Abuelo, vení a jugar con nosotros. Tenés que salir de ahí. Te queremos”.

“En ese momento me convencí a mí mismo que tenía que hacer fuerza para vivir y pedía que me llevaran a casa”, remarca.

Era piel y huesos. No podía ni siquiera darse vuelta en la cama. De a ratos se perdía y apenas si balbuceaba cosas incoherentes. 

Rubén y Gladys coinciden en afirmar que el click de la recuperación vino por el lado de los afectos. Una de sus nietas, Guillermina, de 9 años, lanzó el primer desafío. “Me dijo que me quería ver de pie para su cumple, que era el 30 de noviembre”, relata Rubén, que no tenía fuerzas ni para sentarse en la cama.

De a poquito tomó coraje. Se puso de pie y dio un paso. Con ayuda de la fisioterapeuta, otra levantada y otro paso, que parecía de un kilómetro. Llegó el día del cumple y Rubén recibió a su nieta parado. “Viste que lo iba a hacer; acá tenés tu regalo”, le dijo a la nena y se fundieron en un abrazo.

El segundo desafío, también familiar, vino por parte de otro nieto, Nazareno, que le pidió que fuera a su casa para su cumple, a fines de diciembre. Y allá estuvo Rubén, con su máscara de oxígeno a cuestas, en lo que fue su primera salida fuera de su hogar.

“Volver a hacer las cosas más simples de la vida fue todo un desafío; Rubén era como un niño; lograr que coma solo, que se pare, que camine, que se pueda bañar... todo le costó mucho”, evoca Gladys.

 

LA VIDA POS COVID

Los primeros meses de 2021 fueron para Rubén Salas como un amanecer nuevamente a la vida. Celebra estar rodeado de su familia. El COVID le dejó una agitación que no logra disimular, pero ya recuperó casi 25 kilos y sale a caminar mil o 2 mil metros cada día. 

“Lo que no tengo es fuerza; quiero alzar a mi nieto de 3 años y parece que fuera de plomo; no puedo, no hay forma”, reconoce.

El pasado 6 de mayo recibió la primera dosis de vacuna contra el COVID y esperaba la segunda para el 27 del mismo mes, pero todavía no llegó.

¿Qué le dirías a la gente del COVID?

- Es muy bravo este bicho. Lo que yo he vivido es muy, pero muy jodido. Les pido a todos que le den bola, que esto no es joda. Si te agarra mal parado, el COVID te lleva. En los últimos meses se me murieron dos sobrinos de 55 y 47 años, y tengo internado a otro de 51, en coma inducido. Todavía hay mucha gente que cuando me ve hoy, se sorprende. Todos me daban por muerto. Pero acá estoy.

Rubén Salas, en primera persona. Un jesusmariense que superó el COVID.

Alguien que pudo vivir para contarla.

   Cantando al sol como la cigarra

   después de un año bajo la tierra,

   igual que sobreviviente

   que vuelve de la guerra.

 

                         “Como la Cigarra”

                          María Elena Walsh

 

El recuerdo de Leo Quiróz.

Leo Quiróz era enfermero en el Hospital Regional Vicente Agüero y a los 38 años murió de COVID, en octubre del año pasado. Su caso conmovió a toda Jesús María por varios motivos: era muy joven y querido por la gente, y también un símbolo del esfuerzo enorme que hizo y hace el personal de Salud que está hace más de un año en la primera línea de fuego contra el COVID.

Los destinos de Rubén Salas y Leo Quiróz se cruzaron en el Hospital, como paciente y enfermero, respectivamente. El Coronavirus los unió. Y luego los separó.

Rubén recuerda a Leo con una sonrisa y con agradecimiento. “Cuando venía a la Terapia me retaba: ‘Dale, loco, ponéle pilas, que tenés que salir de acá’, me decía. Era obsesivo del trabajo. Todo el tiempo arengaba a sus compañeros para hacer cosas”.

Cuando Rubén estaba transitando los últimos de sus 38 días en Terapia, Leo ingresó, no ya como personal de Salud, sino como paciente a la sala de cuidados intensivos. Pero Rubén no se enteró en ese momento, sino varios días después.

“Yo ya había pasado a sala común y me llamaba mucho la atención la cara de tristeza y de enojo que tenían las enfermeras; era muy evidente; un día me animé y le pregunté a una de ellas y ahí me contó que Leo había muerto; fue un golpe muy duro”, asegura Rubén Salas.

18-06-2021

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